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miércoles, 4 de julio de 2018

De Kafka y las Cucarachas





De Kafka y las Cucarachas



Las cucarachas con cabeza de humano que aparecen en la foto están exhibidas sobre el muro del Museo Nacional de Bellas artes en la Habana Cuba.
Son obra del pintor Cubano Roberto Fabelo.
Y me hacen pensar fuertemente en una alegoría a la obra de Kafka , y digo la obra en general... no solo refiriéndome a la metamorfosis, si no a todo, a todo lo demás; son igual de desconcertantes, escalofriantes y sugestivas... o al menos es la manera en que yo las percibo. ¡Quizás, no lo sé! Hacen pensar en eso tan profundo que traemos muchos y tememos encontrarnos frente a frente cuando estamos a solas, aunque eso también ya es subjetivo. No quiero pisar terrenos peligrosos.
No se si esto es lo que el artista tenía en mente conseguir, pero si esto fue, al menos conmigo lo ha conseguido.


Roberto Fabelo

martes, 3 de julio de 2018

Incinerador


Incinerador



La chimenea que se puede observar al fondo de la instantánea pertenece a un incinerador de restos. ¡Mas sucintamente a un incinerador de restos de caballos!
Sucede simplemente que es el lugar donde “cierto tipo de sujetos” prefieren ir a deshacerse de un caballo anciano luego de considerar que no sirve mas para el trabajo.
Lo llevan vivo, les pagan una cantidad por el animal y ahí terminan por aprovechar todo lo aprovechable (no quiero dar mas detalles) los restos, lo que no sirve, van a dar dentro de ese gigantesco horno crematorio.
Es así como son retribuidos luego de toda una vida de servicio. 
Al momento que tomé la foto apenas si expelía una ligera fumarola blanca, pero cuando trabaja a plena potencia lanza cantidades considerables de humo negro.
El lugar tiene muchos años operando. Despide un hedor bastante fuerte y su fachada carece de razón social. 
Por fuera parece una simple nave industrial muy pulcra. No se ve nada a la vista salvo los guardias en sus puestos de vigilancia.
Desde la acera es posible ver el patio principal. Cierto día que pasé caminando por ahí un perro se entretenía rasgando un hueso que parecía algo así como el casco de un caballo. Por supuesto, pensé en el casco de un caballo, pero luego creí que mi imaginación me jugaba una pasada. Transcurrió el tiempo, no se exactamente cuanto, supongo que por lo menos un par de años. Yo iba conduciendo cerca del lugar cuando un caballo sale corriendo despavorido por la puerta principal, cuatro matarifes iban corriendo tras el. Cuando llegó al camellón central los autos tuvieron que frenar porque el caballo se arrojó decidido al tráfico. Desde entonces no me he podido borrar eso de la mente. Una escena bastante ingrata.
Esa es la razón por la que escribo esto, de alguna manera, bien o mal tenía que salir.

He llegado a saber que el suicidio existe en otras especies de animales. No se si sea el caso de los caballos. Según leí, se tienen registros de un perro de terranova que luego de estar varios días deprimido se intentó ahogar lanzándose al agua. Quizás creyeron que había sido un accidente fortuito, pero cuando lograron salvarle y sacarlo se arrojó nuevamente, al tercer intento murió. Ademas de ese se han registrado casos en otras especies.
Recién llegó a mi conocimiento una noticia sobre un cangrejo, que a punto de ser cocinado vivo, cortó una de sus pinzas para escapar de la muerte.
No pongo en duda casos como este. Los animales irracionales son seres muy inteligentes. El hecho de no ser seres pensantes no implica que no sean inteligentes. Schopenhauer, en su obra magna, “El mundo como voluntad y representación” establece una distinción muy ecuánime entre raciocinio e inteligencia, con la que no es difícil estar de acuerdo.

En Resumen...
Un asunto muy triste y jodido...
Hasta luego.


lunes, 2 de julio de 2018

Dieciséis minutos




Dieciséis minutos
 

Cierto día de un Noviembre fui a visitar a la abuela. No recuerdo cuando había sido la última vez que nos vimos. Había pasado mucho tiempo, y mas sin embargo las cosas no estaban muy cambiadas que digamos, excepto porque el jardinero había cortado el viejo Manzano que estaba al frente del asilo, y en su lugar habia plantado una valla de setos y un par de mandarinos .

Era bastante viejo —dijo la abuela— además estaba enfermo.
¿Qué era bastante viejo? —pregunté
El árbol, ¡mi dios!, el árbol... ¿donde tienes la cabeza, tú y tu generación me pregunto si tienen lo que se llama cerebro?
¿Qué se puede hacer? No se puede exigir sentido del humor a una anciana misántropa y
pesimista.
Excepto porque ahora usaba gafas, noté que no necesitaba bastón y su piel estaba muy conservada a pesar de sus Ochenta y siete años. Mucho mas de lo que cabe esperar a esa edad.
Caminamos hacia una banca desocupada bajo el amparo de un cerezo.
Sientate —dijo.
Yo me senté.
No puedo quedarme mucho tiempo —dije.
Yo no te pedí venir ¿Verdad?
No contesté. Luego de una pausa prudente pregunté
¿Y cómo te encuentras?
¿Cómo se puede estar a los ochenta y siete? enferma y abandonada.
Abuela no estas abandonada -dije
Lo estoy. Puedo estar acompañada y sentirme sola. ¿Nunca te ha pasado? aunque si me preguntan aveces lo prefiero... -hizo una pausa, luego continuó- Pues es cierto que aveces se echa de menos la familia pero en general... no tengo una mala vida aquí, no me quejo.
¿Qué hay en la capilla, veo luz?
Un muerto
¿Un muerto?
Don Arturo ... se cayó ayer en las regaderas y se dio en el cuello contra el borde del retrete... se partió las cervicales.
Hubo un silencio luego dijo
Nadie esta con él, no tenía familia.
Ah.
Yo iba a hablar pero ella me interrumpió y dijo.
Mejor no digas nada. —Así que hice lo que ella me mandaba. Luego continuó.
Me preguntabas como estoy yo. ¿Cómo se puede estar a los ochenta y siete años? ¿Ah? Los problemas de la edad y todo eso... fuera de ahí normal.
Hubo un silencio relativamente largo.
Siempre me ha gustado el canto de las aves -me dijo- Me estoy poniendo cursi quizás sea porque ya no duraré mucho. Puedo sentirlo. Y también se que tu no lo entiendes, tal vez llegué el día en que lo hagas. Aunque no se si será lo mejor para tí.
Y yo era para ella un joven petulante y engreido.
No sabía que mas decir. Ambos entendiamos que entre los dos se había formado una especie de barrera. Pero aunque suene extraño, no me sentía incomodo. Así que tratando de encontrar conversación dije:
Me gusta este jardin. El cerezo debe ser muy viejo también.
Ah —exclamó—si, supongo que lo es.
Y el pasto esta muy bien cuidado.
Lo riegan a diario.
Comencé a sentirme como un idiota. No debiste haber venido, pensé.
En eso se escuchó el tañido de una campanilla. Era el llamado para la merienda.
Estuvimos algunos segundos mas sin hablar, luego dije:
Bueno, creo que debo irme.
Creo que si —dijo la abuela— tenemos que ir al comedor. Me dió gusto verte.
También a mí —contesté.
Nos miramos unos segundos.

Hubo un tiempo en que fuimos los mejores amigos del mundo, pero supongo que así es la vida.
Dio media vuelta y fue caminando despacio hasta el interior de la casa. Yo estuve cinco minutos mas debajo del cerezo. Pocas veces tenía la oportunidad de admirar un ocaso como aquel. A esa hora cuando el sol adquiere un tono cobrizo.
Las aves volando despavoridas a su refugio, levantando una algarabía. Y eso día tras día lo repiten hasta que les llega el final. Comencé a sentir frio. Me levanté y me fuí de ahí. Aquella visita habia durado solo dieciséis minutos.
La abuela murió una semana despues.
La tarde del entierro fue identica a la de aquel día. Y solo duró algo alrededor de dieciséis minutos.

domingo, 1 de julio de 2018

Don Benito (mi primer experiencia ante la muerte)



Don Benito
Debí tener seis o siete años, no recuerdo bien, pero entonces nunca había visto un muerto.
Solía preguntar sobre muertos a Rosy, pero nunca había visto ninguno. Ella había visto tantos que difícilmente llevaba la cuenta. Había tenido una experiencia demasiado estrecha con la muerte, empezando por su primer hijo muerto hacía mas de cuarenta años.
¿De que murió?
Se murió de un soplo en el corazón, decía mi abuela. Aún siento como si apenas hubiera acabado de suceder.
Eran muchas las horas que pasábamos hablando sobre muertos en las noches, a oscuras,
en la habitación, con la luz lunar proyectando sobre la pared del dormitorio. Aveces me pasaba a su cama, pero casi siempre hablábamos de cama a cama.
Por algún motivo particular no era tema que me asustara, no demasiado a diferencia de los chicos que conocía . Había pues escuchado mucho sobre muertos, que creí conocer la sensación de estar frente a uno.
Y como casi siempre sucede en la vida, las cosas suelen llegar espontaneas, cuando menos lo esperamos se hacen presentes por si solas.
Aquella fue la tarde de un Sábado. Me encontraba solo con Rosy, a punto de cerrar la tienda.
Ella ocupada en la hoja de balances con las gafas puestas. En medio de un silencio que se podía escuchar unicamente la manecilla del reloj colgado en el muro. Yo esperando
sentado arriba de un taburete. Lo que debía ser horriblemente aburrido para cualquier niño a mí me gustaba. El olor en aquel sitio era como tener los aromas de todos los árboles del mundo ahí mezclados.
En eso frente a la tienda se detiene una ambulancia y un camión de policía con las luces de la torreta encendidas. Bajaron un par de paramédicos; un hombre de traje con un cuaderno y uno de los dos policías. Poco tiempo después un paramédico volvió empujando una silla de ruedas con lo que figuraba ser una persona sacudiéndose suelta por el traqueteo de las ruedas. Estaba tapada con una Sabana muy blanca. Inmaculada, diría yo. Supe de quien se trataba. Pude reconocer las pantuflas a cuadros y los tobillos blancos. No lo podía creer.
La gente comenzó a juntarse. Mi abuela me dijo que esperara dentro y salió de la tienda.
Cuando volvió, noté que traía los ojos irritados y la voz un poco cortada, y dijo “Es don
Benito, hijo ¿te acuerdas de Don Benito? Se murió”
Recuerdo que exclamé con un ¡Oh, don Benito! Aunque ya sabía de quien se trataba. No dije nada mas. Pero a mí mente llegó la figura de don Benito pidiendo limosna , sentado en su silla de ruedas afuera de su casita. Aveces cuando pasaba solía regalarme algunos caramelos de limón y agitar mi pelo. Me preguntaba que quería ser cuando fuera grande.
-¡Quiere ser inventor Don Benito, inventor! -contestaba mi abuela-
-¡Ah! Inventor y movía sus manos como si ejecutara una especie de danza atornillando una pieza imaginaria.
Entonces yo decía,
-No. Quiero ser Abogado como mi padre.
Cuando nos íbamos quedaba tan solitario como siempre, escuchando su radiecito de pilas.
Viejas canciones de su época. Ahora pienso que era una música muy melancólica.
Nadie sabía en realidad quién era don Benito. Unos decían que no tenía hijos. Otros decían que habían muerto ahogados cuando eran unos niños al pretender cruzar el río Bravo y había pasado gran parte de su vida solo.
Los paramédicos ataron la silla con el cuerpo en el camión de policía y luego arrancaron. La última vez que lo vi, fue justo cuando torcieron a la avenida principal. Vi como se sacudía su cabeza y entonces me pareció mucho mas desamparado que cuando vivía. ¿A donde lo llevaban?
Siempre que pasaba frente a su casa miraba hacia ese punto, con la vaga ilusión
infantil de que lo miraría una vez mas.
-Dicen que fue un infarto -escuché una voz.

Aquella noche no hablamos de nada. Nadie de los dos tuvo ánimos de decir una palabra. No entendía que es lo que había que temer de los muertos.

sábado, 30 de junio de 2018

Quemarse a lo bonzo


Quemarse a lo Bonzo


 El 11 de Junio de 1963 Thich Quang Duc, monje budista (bonzo), arribó acompañado de una multitud de discípulos y maestros a la intersección de las calles Phan Dinh Phung y Le Van Duyet, uno de los sitios mas populosos de Saigón, abordo de un automóvil Austin Westminster.
Cuando se detuvieron, su asistente que viajaba con él, extrajo un bidón con gasolina. Tenía instrucciones. Su trabajo consistiría en rociar al bonzo de pies a cabeza para que este pudiera arder en medio de la calzada. Así se hizo.
Era una época en que el gobierno de Vietnam se la ponía muy difícil a las congregaciones de monjes budistas. Estos estaban cansados de las insistentes persecuciones, encarcelamientos, quema de santuarios, pagodas y demás abusos de un gobierno regido por una figura intolerante: El presidente Ngo Dinh Diem. Quién tenía intención, usando la fuerza, de convertir al catolicismo a un pueblo donde el noventa por cien de los miembros estaban declarados como seguidores de la senda Budista.
El cuerpo de Thich Quang Duc ardió en posición de loto ante la presencia de cientos de espectadores, sin exteriorizar un solo gesto o protesta de dolor según los testigos.
Luego de la autoinmolación los restos del monje fueron incinerados por completo. Solo su corazón conservó gran parte de su integridad, fue rescatado y depositado en un santuario como una reliquia sagrada.
Los adeptos a la religión budista tenían la esperanza de atraer las miradas del mundo entero sobre el gobierno de Dihn Diem. Mas sin embargo las agresiones continuaron. Posteriormente muchos monjes tomaron el ejemplo de Thich Quang Duc y se autoinmolaron de la misma manera, quemándose a lo bonzo, con fines de protesta.
Las ultimas palabras del bonzo fueron:

Antes de cerrar los ojos y dirigirme hacia la figura de Buda, suplico respetuosamente al presidente Ngô Đình Diệm que tenga compasión de los habitantes de la nación y que desarrolle una igualdad religiosa que mantenga la fuerza de la patria para siempre. Llamo a los venerables, reverendos, miembros de la sangha y predicadores budistas para que se organicen y hagan sacrificios con el objetivo de proteger el budismo.




Fue así como Thich Quang Duc se convirtió en el primer monje budista en autoinmolarse de esa manera. 
A lo largo de los años, muchos otros monjes y activistas han recurrido a esa forma de presión para manifestarse ante las injusticias.




Thich Quang Duc fotografía de Malcolm Browne.



Corazón deThich Quang Duc luego del proceso de incineración.

Miguel G.
Junio 30, 2018 
México